Esta semana tuve la oportunidad de convivir con mi hermana de una forma distinta a otras ocasiones. Normalmente salimos por un café o la invito a nuestro departamento para pasar una tarde tranquila en casita platicando. Pero eso sí, lo que casi siempre se mantiene en nuestras reuniones es la plática, y… pensándolo bien… ¡creo que también el café!

Cuando estamos reunidas nos gusta contarnos cosas, estar en “chismesito” mode y compartir nuestras alegrías o preocupaciones sabiendo que podemos confiar la una en la otra. Sin embargo, lo que hizo distinta nuestra reunión de esta semana es que la invité al depa con el propósito de ver una película y estar relajadas. Si bien, hubo algo de plática (¡porque claramente tenía que haber algo de platiquita!), la prioridad fue pasar tiempo juntas disfrutando del clima frío de esta semana estando en ropa cómoda, tomando un café acompañado de panqué de nuez y de una película.
Sé que cuando se ve algo en la televisión (una serie, película, documental…), el tipo de convivencia que se tiene con una persona es diferente porque la interacción se limita más a lo que estamos viendo en ese momento; nuestro enfoque es lo que está en la pantalla. A pesar de esto, considero que no por eso deja de ser una forma de pasar tiempo de calidad con la otra persona porque al final de cuentas se está compartiendo una misma actividad que puede formar parte de una conversación más adelante.
Lo interesante es que, creo que sin darme cuenta necesitaba un momento así con mi hermana, un momento de esos que compartí con ella cuando ambas vivíamos con mis papás y estábamos más chicas; cuando solo nos preocupaba era terminar la tarea para poder ver un programa juntas en la tele o cuando esperábamos con ansias las vacaciones para romper esa regla de no ver tele muy tarde y escabullirnos para ver series que, en ese entonces, nos daban miedo. Sin querer ni pensarlo mucho, pude recrear un momento como el de cuando las dos éramos más pequeñas.

Cuando pienso en el día en que estuvimos viendo la película, puedo visualizar a nuestras “yo del pasado” sentadas en la sala de mis papás viendo la televisión. Viendo lo mucho que ambas hemos crecido, no puedo evitar sonreír al recordar tantas aventuras y etapas que hemos compartido juntas y sentir esa calidez y ese amor que me invadió al estar con mi hermana, con una de las personas que me conoce de prácticamente toda mi vida, alguien que con sólo una mirada sabe lo que estoy pensando o sintiendo sin tener que expresarlo en palabras porque me conoce muy bien. Ese día, lo que más necesitaba era su compañía y le agradezco mucho el que, a pesar de tener mucho trabajo y otras cosas qué hacer, decidió pasar ese tiempo conmigo.
Convivir con mi hermana de esta manera me hizo comprender que hay veces en que más que anhelar tener una conversación con alguien, lo único que necesitamos es su compañía y cercanía. También, me hizo recordar la importancia que tiene el vivir el presente, enfocando nuestra atención completamente a lo que estamos haciendo, porque los pensamientos y pendientes del futuro seguirán acompañándonos, pero lo que vivimos y compartimos con aquellos que más queremos en el mundo, son instantes irrepetibles que cuando queremos acordar se van, y al final, solamente nos quedamos con los recuerdos de esos instantes y esas experiencias que tuvimos con ellos.
Por ese día y todos los días que he vivido con mi hermana le dejo el siguiente mensaje: “Gracias por ser la mejor hermana del universo. Gracias por ser completamente tú, por formar parte de mi vida y permitirme formar parte de la tuya. Gracias por todos esos mensajes, llamadas, videollamadas, salidas y aventuras que hemos compartido. Nunca olvides que, no importa lo que pase siempre cuentas conmigo”.
Una hermana es la que te da su paraguas en la tormenta y luego te lleva a ver el arcoíris
Karen Brown